el cuaderno de cordoba

Ana Comneno

Hasta no hace mucho, la de las Cruzadas es una historia que por torpeza o interés los historiadores nos han contado pintando un cuadro en el que un ejército más o menos disciplinado,pero ejército, avanza firme hacia la conquista de Jerusalén.
La realidad es un poquito distinta, especialmente en la primera cruzada, fechada en 1096, porque antes que de un ejército propiamente dicho se trató de una verdadera horda, en la que había soldados, desde luego, pero mucho más un conglomerado variopinto de hombres y de mujeres de todos los estamentos, incluidos pobres de pedir y prostitutas.
Dejando a un lado a los historiadores, he aquí un trozo de una crónica de la primera cruzada, escrita por un testigo directo de la misma, que corrobora lo que decimos: 
"Se produjo entonces un gran movimiento de hombres y de mujeres a la vez como no se recuerda haber visto jamás nada parecido: las gentes más sencillas acudían realmente empujadas por el deseo de venerar el sepulcro del Señor y visitar los Santos Lugares... Los soldados celtas iban acompañados por una multitud de gente sin armas, más numerosos que los granos de arena y que las estrellas, portando palmas y cruces sobre los hombros. Viéndolos se diría que eran ríos confluyendo de todas partes."
La crónica está escrita en Bizancio, capital del todavía imperio romano de Oriente y es francamente suave en su descripción. Llama "ríos de gente" a la avalancha humana que llegaba hasta la muralla de la ciudad, sin referirse a su aspecto, pero hay que tener en cuenta que aquellas multitudes habían hecho un recorrido de unos cuatro mil kilómetros salvando toda clase de obstáculos geográficos y sufriendo numerosas penalidades durante los largos meses que duró la marcha, pues se habían puesto en camino a principios de 1096 y los primeros en llegar a la antigua Constantinopla lo hicieron el 23 de diciembre de dicho año.
No obstante, más adelante, la crónica muestra un claro desprecio hacia los que llegaban, a los que trata de gente bárbara e incivilizada. Sólo en una ocasión se permite declarar su admiración por uno de los componentes de la expedición: Bohemundo de Tarento, un apuesto normando, con toda la energía y el entusiasmo de los de su casa. La crónica dice de él lo que sigue: "Jamás se había visto antes en la tierra de los bizantinos un hombre como este, ni bárbaro ni griego, pues su vista engendraba admiración y su fama terror... Era tan alto que casi sobrepasaba en un codo a los más altos; era delgado y enjuto, de hombros anchos, el pecho amplio y fuertes brazos. Su figura en conjunto no era ni demacrada ni corpulenta, sino, para decirlo de algún modo, conforme a los cánones de Policleto; tenía fuertes manos y estaba firmemente plantado sobre sus pies, el cuello grueso, las espaldas anchas y robustas."
Una descripción tan minuciosa de un hombre, en la que, además de admiración, se deja ver cierta pasión apenas contenida, sólo podía ser realizada en aquella época por una mujer. 
Y en efecto, una mujer es la autora, Ana Comneno, hija del emperador bizantino Alex Conmeno y de Irene Dukas, primera cronista de las Cruzadas, aunque, por ser mujer, son escasísimas las referencias que de ella se hacen. Ana (1083-1153) era una  mujer extraordinariamente culta. Había estudiado medicina y matemáticas; había leído a Homero y a Demóstenetes; conocía bastante bien la filosofía de Aristóteles y de Platón, cuando en Occidente ni siquiera habían oído por aquel entonces tales nombres.
Escribió una especie de tratado o historia de la corte bizantina durante la primera cruzada, la Alexiada, con la figura de su padre como principal protagonista. Con un estilo refinado y a menudo exquisito, Ana va describiendo la vida y las costumbres bizantinas; hace igualmente un retrato de las mujeres de la corte, demorándose sobre todo en Irene Dukas a la que, más allá de la veneración filial, alaba por su dulzura, su prudencia, su piedad y su capacidad de servicio.
Y no, no tuvo, ningún rollo, como se diría hoy, con el tal Bohemundo de Tarento.

Cuernos

Se cuenta, pero Alá es el más sabio, que Sawda, la segunda mujer de Mahoma, le reprochaba al profeta musulmán lo oportunamente para sus intereses que Alá le dictaba una nueva sura, pues cada vez que el profeta creía necesario volver a casarse allá que aparecía con un nuevo recado divino que ensalzaba las virtudes de un matrimonio como el que él pretendía.
No son pocos los hombres, pues les ocurre más a los hombres que a las mujeres, que le dan un giro completo a su vida no por una decisión convenientemente meditada, sino empujados por las circunstancias y, por tanto, en función de sus intereses o del palo más o menos grande con que lo ha obsequiado la vida.
Uno de los hombres que más brusca y radicalmente sufrió tal metamorfosis fue Oseas, considerado el primero de los profetas bíblicos llamados menores. Como todo varón judío de la época Oseas recibió una rígida educación basada en el cumplimiento de ley rabínica y en los mandatos de los profetas. Pero él era un joven alegre, animoso, decidido y emprendedor. En aquel tiempo y hasta por lo menos la diáspora, ningún varón judío podía permanecer soltero, así es que cuando llegó a la edad conveniente Oseas contrajo matrimonio con Gomer, hermosa muchacha a la que compró por quince monedas de plata y carga y media de cebada, pues por entonces y aunque alguna hubiera llegado a juez, que era el cargo más alto al que podía aspirar un israelita, la mujer tenía la misma consideración que una cabeza de ganado.
"Huerta mejor regada/da la mejor manzana", afirma el Arcipreste de Hita en su famoso "Libro de buen amor". Pero se ve que por lo que fuere Oseas no usaba lo suficiente la manguera, bien por incapacidad, bien por simple dejadez y el huerto estuvo demasiado tiempo sin recibir el benéfico riego, tanto que al final decidió buscarse otro hortelano, dotando de este modo a Oseas de dos espléndidas protuberancias óseas en su despejada frente.
Y justo entonces es cuando la vida del buen hombre da una pirueta tan radical que no es que cause asombro, causa verdadera estupefacción. De repente, lo mismo que a Mahoma Alá con sus suras, a Oseas empezó a visitarlo Jahvé y a dictarle largas parrafadas conminatorias que el cornudo debía transmitir al pueblo de Israel.
Si sus compatriotas hubieran tenido un poco de energía y hubieran sido un poco menos crédulos, habrían mandado a Oseas a hacer puñetas en cuando abrió la boca por primera vez, pues todo el mundo sabía lo que le había ocurrido. "Vaya, hombre", se atrevieron a decir algunos, "no ha sido capaz de retener a su mujer y ahora viene el tío a darnos la vara." Pero pudo más la presión del ambiente y de aquel comentario no pasaron.
Y es que la admoniciones de Oseas tenían tela. "Ysrael ha cometido numerosos crímenes", berreaba quien hasta hacía poco había sido un tipo de lo más pacífico y hasta, si me apuran, algo tímido, "la corrupción campa por doquier, ya no hay fidelidad ni amor... adulterio y violencia, sangre y más sangre, eso es lo que existe hoy."
Y por este camino sigue el nota pronosticando los peores desastres para su propio pueblo. Otro en su caso habría cogido una espada y habría corrido a ensartar a la adúltera y a su amante y luego habría seguido cuidando sus cabras como si no hubiera pasado nada. Nadie se lo habría reprochado, sino más bien al contrario. ¿Pero quién con toda la sabiduría del mundo puede atreverse a juzgar los designios de Dios?
Sin embargo, tengo para mí que a esos tipos que en la actualidad vuelcan su odio contra las mujeres no es que Dios hable por su boca, sino que les ha debido de ocurrir exactamente lo mismo que a Oseas.

El Gran Gregorio

En 1073, tras la muerte de Nicolás II, es elegido papa el prestigioso monje cluniacense Hildebrando Aldobrandeschi, que tomó el nombre de Gregorio VII. Sus hagiógrafos, es decir, la mayoría de los historiadores, lo ponen por las nubes y, aunque no fue santo súbito, el papa Paulo V lo elevó a los altares en 1606.
Teniendo en cuenta que, al menos desde el siglo II, la Iglesia había luchado sobre todo por conquistar el poder e imponer su dominio sobre toda la sociedad, es evidente que Gregorio fue un gran tipo, pues con él la Iglesia avanzó prodigiosamente hacia la cumbre de tal poder. El argumento que la Iglesia empleaba para justificar sus aspiraciones era que como su poder se ejercía sobre el alma, inmortal, en tanto el de los reyes, condes y, en general, gobernantes de este mundo, se ejercía sobre el cuerpo, perecedero, el poder temporal tenía que estar sometido al espiritual, de modo que todos los jerarcas de la tierra le debían al papa no sólo sus cargos, sino también sus tierras, o lo que venía a ser lo mismo: los reinos todos eran de la Iglesia, que se los entregaba a reyes y condes en calidad de administradores. El argumento es más bien imbécil, ¿no es cierto?, pero en aquella época colaba y colaba hasta el fondo.
He aquí, para comprobarlo, extractos de alguna de las cartas que Gregorio escribió a los distintos territorio europeos:
A los reinos y condados de España:
"No ignoráis que desde los tiempos más remotos esos reinos son propiedad de San Pedro y que pertenecen todavía a la Santa Sede y a nadie más, aunque por el momento estén en manos ajenas. Porque lo que una vez ha entrado en posesión de la Iglesia nunca deja de pertenecerle." 
(Parece obvio que los actuales obispos españoles no conocían el contenido de esta carta, en caso contrario no hubieran limitado a 30.000 los bienes inmatriculados.)
Al rey de Francia:
"Como sabréis por vuestros predecesores vuestro reino es propiedad de la santa Iglesia Romana desde que el rey Esteban devolvió todos los derechos y todo el poder de su Iglesia a San Pedro"
La misiva es más o menos sutil o descortés según el reino al que se dirige. Así, al rey de Dinamarca, para que le limpie el norte de Italia:
"Hay cerca de nosotros una provincia muy rica ocupada por herejes. Desearíamos que uno de vuestros hijos la ocupara y fuera su príncipe, si es que como, nos ha comunicado un obispo de vuestro país, consentís en enviarlo con algunas tropas y ponerlas al servicio de esta corte."
Y al duque de Cagliari:
"Debes saber que muchos nos piden tu país prometiéndonos grandes ventajas si se lo dejamos invadir... pero no nos hemos decidido hasta conocer tu resolución por nuestro legado. Si persistes en la intención que has manifestado de ser fiel a la Santa Sede, lejos de permitir que seas atacado, te defenderemos con las armas espirituales y seculares de toda agresión."
Todas estas cartas obtuvieron un resultado favorable.
Exigía que reyes y príncipes le besaran los pies en señal de respeto. promulgó el famoso Dictatus Papae, un decreto de cien puntos que recogían la ambición pontificia de lograr una hierocracia con él a la cabeza. Con este ideario excomulgó al emperador Enrique IV, retirándole la fidelidad de sus súbditos, y cuando este acudió a solicitar su perdón lo tuvo tres días en pleno invierno a las puertas del castillo de Canossa.
Con una radicalidad impropia no ya de un cristiano, sino sencillamente de un ser humano, se revolvió contra el nicolaísmo o matrimonio de los clérigos, principalmente, porque no podía tolerar el reconocimiento de los hijos y la transmisión a través de la herencia de lo que consideraba bienes intocables de la Iglesia. Exigió a obispos y sacerdotes el abandono inmediato de sus esposas e hijos, autorizando a los fieles a matarlos, si no atendían a su exigencia. Llegó a afirmar que "matar a determinados clérigos no es un crimen, pero sí lo es el que estos amen a sus esposas." Tal actitud produjo el asesinato de gran cantidad de sacerdotes y, peor aún, el abandono a suerte de sus hijos y sus mujeres, muchas de las cuales se suicidaron y la mayoría acabaron alistándose en el númeroso ejército de prostitutas que por entonces llenaban las calles de Europa y especialmente las de Roma.
Mientras actuaba con esta dureza en favor del celibato absoluto, el gran Gregorio recibía los favores carnales de la condesa Matilda de Canossa, esposa de Godofredo III el Jorobado, cosa que con absoluta desvergüenza, la mayoría de los historiadores callan.
Naturalmente, semejante política acabó produciendo rebeliones. Enrique IV invadió Italia y se apoderó de Roma. Gregorio se refugió en el castillo de Sant'Angelo y desde allí consiguió que un ejército de normandos, musulmanes sicilianos y mercenarios calabreses obligaran a Enrique a retirarse y lo liberaran. Pero los liberadores saquearon Roma, mataron una gran cantidad de hombres y violaron a sus mujeres.
Al fin, cansados los romanos que lo habían elegido, lo repudiaron. Gregorio huyó a Salerno, donde falleció el 25-5-1085. Sus últimas palabras fueron: "Amé la justicia y aborrecí la iniquidad", palabras que sus hagiógrafos alaban con embeleso, pero que en realidad prueban su absoluta falta de conciencia del daño que, en beneficio de la institución, había provocado a una enorme cantidad de personas.


Fuentes: Historia de la Iglesia. Llorca, Villoslada y Montalbán.
               Historia de los papas. Frederick L. Beynon
               Historia de los papas.- Juan José Laboa
               Los pecados de la Iglesia. Juan G. Atienza
               Los papas y el sexo. Eric Frattini

Lectura

En Estambul, un precioso libro de memorias dedicado a su ciudad natal, cuenta Orhan Pamuk cómo cuando aprendió a leer iba por la calle leyendo los rótulos de todas las tiendas que le salían al paso. 
Sin ánimo alguno de compararme con el gran novelista turco, premio nobel de literatura, yo, parodiando a Cervantes, que siempre me afano y me desvelo en parecer que tengo de escritor la gracia que no quiso darme el cielo, no pude evitar una sonrisa pues me pasaba exactamente lo mismo que a él: no podía apartar los ojos de los rótulos de las tiendas y me los leía absolutamente todos.
Yo soy un lector empedernido. He leido todo lo que ha caído en mis manos, aunque, ciertamente, me hubiera gustado poder hacerlo de un modo más sistématico, cosa que sólo he logrado en no demasiado largas temporadas de mi vida. ¿Pero qué es lo que hace nacer en un individuo la afición a la lectura?
Se afirma que los niños que viven en casas donde abundan los libros y en las que los padres son siquiera ocasionales lectores, acaban aficionándose a leer. Desde luego, no es mi caso. Yo aprendí a leer  bastante antes de ir al colegio. Con cuatro años ya leía el periódico con bastante soltura, no me enteraba de nada, pero lo leía. Me enseñó mi padre, una de las pocas cosas verdaderamente buenas que puedo agradecerle. 
Ahora bien, en mi casa no había más libros que los cuatro evangelios y los hechos de los apóstoles, en una rara edición en que cada uno aparecía en un tomo diferente, y dos novelas que no sé cómo llegaron allí, El hijo de Tarzán y De la tierra a la luna, dos libros que me leí tropecientas docenas de veces. Pero además, se daba una situación tan curiosa como, para mí, enojosa: mi padre leía novelas, pero novelas del oeste, de aquellas de Marcial Lafuente Estefanía, Silver Cane y compañía, pero sólo lo hacía por la noche, se acostaba, encendía un cigarrillo y leía mientras se lo fumaba. Por circunstancias que algún día contaré, mi madre que, como ya he dicho más de una vez, era analfabeta, odiaba aquellas novelas y por extensión todo libro que no fuera de texto. Qué estudiáramos, sí, por encima de todo, pero que leyéramos de ninguna de las maneras.
Tan dura era la posición de mi madre que ni tebeos me estaba permitido leer y en mi casa no entró jamás ninguno. Naturalmente, yo, que aunque no sepa de donde me venía, tenía ya una afición desmedida a la lectura, le buscaba las vueltas a mi madre y con el dinerillo que cogía, poco, siempre muy poco, me iba a los locales, que entonces existían, en los que te alquilaban los tebeos para que los leyeras allí mismo y me leía los de El Cachorro, El capitán Trueno, Pulgarcito, TBO, etc. Muchas novelas del oeste leí también por aquel entonces: me hice de una linterna, se las cogía a mi padre y en la cama, de noche, me tapaba por completo y me ponía a leer hasta que notaba que el sueño me vencía. 
A los diez años, más o menos, estando en los Salesianos, tuve un amigo que tenía en su casa un baúl lleno de tebeos. ¡Santa Brígida de los ojos como platos! Qué envidia, qué enorme envidia me produjo aquel chaval. Por suerte para mí, era una buena persona y me invitó a ir por su casa cada vez que quisiera y a leer cuanto tebeo me viniera en gana. Así que hubo un tiempo en que yo lo visité con toda la frecuencia que me fue posible. Ni mucho menos todo lo que a mí me hubiera gustado, pues mi madre, una mujer extraordinariamente temerosa, me tenía prohibido igualmente tener amigos, porque, según ella, corría el peligro de que me maleasen. Pobrecita mía, si hubiera sabido en la clase de golfo que yo me estaba convirtiendo por entonces...
Cuando te agarra, la afición a la lectura es tan adictiva como el tabaco, el alcohol o cualquiera de las drogas prohibidas, de modo que un día, hacia los trece años, yo me armé de valor y en un local que había en la plaza de la Almagra, al lado del bar Azul, en que vendían y cambiaban principalmente novelas del oeste y policiacas, me compré un par de novelitas de la enciclopedia pulga y me presenté con ellas mi casa. 
¡Qué hermosísima bronca tuve aquel día con mi madre! La buena mujer, desde luego con la mejor de las intenciones, pretendía que volviera al puesto y las devolviera, pero yo me negué, me negué hasta el punto de decirle que si alguien las devolvía sería ella, pero que para quitármelas tendría que matarme.
Al ver mi determinación mi madre se vino abajo, de modo que las novelitas se quedaron en mi casa y yo me las leí con el doble placer de la lectura y de, por primera vez, haber doblegado la voluntad de mi madre. Se trataba de Miguel Strogof, de Julio Verne, y de Rob Roy, de Walter Scot, dos novelas con las que, aunque en una edición insignificante, me lo pasé pipa.
A partir de aquel momento, ya no tuve más problemas para leer lo que me vino en gana, salvo el de agenciarme nuevos libros. Logré adquirir algunos ejemplares más de la misma colección pulga, pero mis medios económicos eran escasísimos y durante bastante tiempo tuve que conformarme con leer los mismos títulos una y otra vez, hasta que conseguía comprar uno nuevo. Y el caso es que tenía la Biblioteca Provincial a un paso de mi casa, en la calle Capitulares, pero yo no lo sabía. La descubrí allá por los dieciséis años y desde entonces los libros que he leído más de una vez ya no ha sido por necesidad, sino porque a mí me ha apetecido.

Indignidad

Que nada más obtener el bastón de mando el nuevo alcalde de Córdoba, José María Bellido, representante de todos los cordobeses y miembro de un Estado aconfesional, esto es, neutro ante las diversas religiones existentes en el país, se haya apresurado a rendir pleitesía al obispo Demetrio Fernández, representante no sólo de la religión católica, sino también de un Estado extranjero que pretende ejercer de Estado dentro de nuestro Estado español, constituye una indignidad y un desprecio hacia el nuevo cargo que ocupa.
Que, además de ponerse humildemente al servicio del representante de una organización que por vía desde luego legal, pero bien saben ellos que ilegítima, se ha incautado de la Mezquita cordobesa, patrimonio de la humanidad y emblema de la ciudad desde el momento de su construcción, que además, como digo, de ponerse a sus pies el representante de todos los cordobeses le manifieste a este señor que el Ayuntamiento de Córdoba no tiene nada que reclamar en relación con la mencionada incautación, constituye, más allá de una indignidad, una dejación de su obligación de defensa del patrimonio público que raya en la prevaricación, si es que no cae directamente en ella, pues la Mezquita cordobesa, hoy catedral, nunca ha sido propiedad de la Iglesia Católica, sino de todos los cordobeses y por ende de todos los españoles.
Que tal despropósito se haya llevado a cabo además con un señor, Demetrio Fernández, que suelta perlas como las siguientes:
            Las mujeres no podrán ejercer jamás el sacerdocio.
                 El lugar de la mujer es la casa.
                 Cuanto más varón sea el varón mejor para todos en la casa.
                La fecundación in vitro es un aquelarre químico de laboratorio.
                 La UNESCO quiere hacer que la mitad de la población sea homosexual.
Perlas en las que el señor obispo de Córdoba da sobradas muestras de su misoginia, esto es, de su odio a las mujeres, y de su homofobia, significa ponerse a la altura y hacerse cómplice de las fobias de un obispo medieval cuya postura nada tiene que ver con el contenido de los evangelios.          
Que el señor alcalde lleve acabo su despropósito en el momento en que el número de ateos y de no creyentes supera al de católicos practicantes, supone no sólo un grave desconocimiento de la realidad social, sino otorgarle a una religión en franca decadencia una importancia de la que socialmente carece y cuya preeminencia se debe actualmente en exclusiva al poder que le otorgan las inmesas riquezas acumuladas a lo largo de los siglos.
Que todo esto además ocurra sin que se haya producido no ya un levantamiento, sino ni siquiera una manifestación de protesta en contra de este indigno alcalde por parte, al menos, de quienes no lo han votado, mientras el Córdoba club de fútbol, por ejemplo, va ya por los diez mil abonados, a pesar de haber descendido de categoría, pone de relieve el grado de desidia, de abandono de la res pública y del borreguismo que ha alcanzado una ciudad cuya historia no se merece esta actitud por parte de sus habitantes.
Y me callo, dijo mi amigo Ernesto Caraba visiblemente enojado, me callo, porque como suelte todo lo que llevo en la boca...

Pandora

Hace un par de días, hablando de los distintos tipos de matrimonio que existen en la actualidad, mi amigo Sancho Dávila nos comentaba que ya en los tiempos antiguos se dieron matrimonios bien alejados de lo que podemos considerar la norma establecida desde hace miles de años. "Así, en la Grecia clásica, siglo V antes de nuestra Era", manifestó, "la ley autorizaba el matrimonio entre hermanos", dejó la palabra suspendida en el aire, miró a mi mujer con un ligero mohín de sorna o de complicidad y añadió: "siempre que tales hermanos fuesen hijos del mismo padre; sin embargo, lo prohibían si eran sólo hijos de la misma madre y, por tanto, de padres diferentes."
Aquí, Sancho hizo una pausa sin dejar de sonreír, pero antes de que nosotros pudiéramos reaccionar, prosiguió: "Como podéis ver, el desprecio hacia la mujer estaba ya bien asentado en aquella sociedad tan avanzada en otros aspectos, hasta el punto de que, como bien se sabe es la cuna de nuestra civilización occidental. Abundando en dicho desprecio, en su Teogonía, Hesiodo cuenta cómo en cierta ocasión Zeus encargó a Efesto, dios del fuego y de las artes que necesitan de este elemento, la creación de un ser hecho de tierra y de agua, es decir, de cerámica o barro cocido. Efesto dio forma a un ser femenino de tal belleza que cuando Zeus observó, maravillado, que superaba en mucho a la totalidad de las diosas, incluidas Atenea y Afrodita, comprendió que a un ser así no podía mantenerlo en el Olimpo, sino que debería ser mortal y, por tanto, humano. Entonces, el astuto y malvado Hermes, que no se perdía una, le puso el nombre de Pandora, que en griego significa Todos los dones, la dotó de voz humana y la envió a la tierra con el encargo de que entregara a Prometeo la más preciosa caja que imaginarse pueda. Prometeo, un titán que había creado a la humanidad y que había procurado que los hombres se acercaran a los dioses, enseñándoles, entre otras cosas el alfabeto, los números, la medicina, la navegación y la domesticación de animales y, sobre todo, les había dado el fuego, desconfiando de Hermes, se negó a aceptar semejante regalo. Pandora entonces, en su inocencia y también un tanto desconcertada, sin saber qué hacer con la cajita, se la ofreció a Epimeteo, hermano de Prometeo, quien, encantado con la distinción de Pandora y, al mismo tiempo, movido por la curiosidad, procedió a abrirla y en aquel mismo momento, ¡zas!, como el brusco viento que anticipa la tormenta, escaparon del regalito todos los males que desde entonces padece la humanidad. En la caja, perdida en el fondo y como pegada a él sólo quedó la esperanza."
Sancho hizo una nueva pausa, dio un ligero trago al gintonic que tenía ante él y, desaparecida la sonrisa de su rostro, concluyó: "Ya veis que el introductor de todos nuestros males fue Hermes y, en su defecto, Epimeteo, sin embargo, quien ha pasado a la historia como la responsable de este lamentable hecho y a quien todo el mundo culpa, incluidos solemnes escritores e intelectuales, es a Pandora, una simple y, por supuesto, inocente mensajera."

Ídolos e imágenes. Y III

En su afán exclusivista, los cristianos paulinos se propusieron desde el primer momento actuar en dos frentes: contra los demás cristianismos que proliferaban a su alrededor y contra los paganos, utilizando para ello todos los medios a su alcance.
En el primer frente no dudaron incluso en cambiar el significado de términos usados desde tiempos muy antiguos dándoles otro completamente distinto. Así ocurrió, por ejemplo, con las palabras herejía y hereje. Ambas proceden del vocablo griego haireisthai, que significaba elegir, preferir y dividir y se refería a personas que pertenecían a distintas escuelas de pensamiento, careciendo por completo de significado peyorativo alguno. Amparándose en el dicho evangélico: El que no está conmigo está contra mí y el que no recoge conmigo desparrama (Lucas, 11, 15-26) los paulinos invirtieron por completo el significado, convirtiéndo ambos términos en dos de las acusaciones más terribles que se podían lanzar contra sus oponentes, pues ahora hereje era todo aquel que se alejaba de la doctrina paulina para seguir la de cualquiera de los otros cristianismos, y herejía toda doctrina cristiana distinta de la paulina, ambos conceptos ya no neutros, sino duramente condenables.
El primero que plasmó por escrito el nuevo significado del término hereje fue Ireneo de Lyón (130-202), en su obra Contra herejes, dirigida principalmente a los gnósticos y en la que no se limita a desmontar la doctrina gnóstica, sino que procede a una condena sin paliativos. De este modo se inició una persecución contra todo el que se alejaba de la pauta paulina, que, si en un principio fue sólo dialéctica, pronto alcanzaría a ser también física, produciendo sus primeras víctimas en la persona de Prisciliano (340-385) y seis de sus seguidores, condenados y ejecutados bajo la acusación de maniqueos; persecución física que, más adelante, daría lugar a la creación de la Inquisición, aborrecible institución que produjo decenas de miles de muertos en toda Europa.
Contra el paganismo, la actuación de los paulinos se fue endureciendo a medida que adquirían fuerza y, con ella, poder dentro del imperio romano, alcanzando toda su potencia condenatoria tras el año 303, con la proclamación del edicto constantiniano que convertía al cristianismo paulino (no al arrrianismo, por ejemplo) en religión del Estado. Contra el paganismo, los cristianos paulinos utilizaron todos los medios, incluyendo la violencia física, con la destrucción de imágenes (ídolos, según la denomicación cristiana) y templos y el asesinato de sus sacerdotes. Ejemplos de esta actuación los tenemos en el patriarca Cirilo de Alejandría y sus famosos parabolani, hordas de monjes a su servicio, quienes entre sus muchas hazañas cuentan con la destrucción de la biblioteca de Alejandría y el asesinato de la filósofa y científica Hipatia; el obispo Ambrosio de Milán y el papa Dámaso (366-384), un tipo violento, aficionado al lujo y a la ostentación, que se enfrentaba con la misma contundencia tanto a los paganos como a sus correligionarios.
Los paulinos, convertidos ya en Iglesia Católica, se afanaron en la destrucción de los ídolos con la excusa de que para los paganos se trataba de dioses, cuando no eran más que estatuas de piedra. Eran los tiempos en que, siguiendo fielmente el contenido del segundo mandamiento de las tablas de Moisés, que prohibía la erección de imágenes de Dios, la Iglesia no aceptaba imagen alguna.
La gran paradoja consiste en que si bien la Iglesia acabó por completo con templos e imágenes paganos, así como con todas las religiones del Imperio, no pudo acabar con sus raíces que se hundían en lo más profundo de la esencia humana y, con el paso de los siglos, tuvo que aceptar la reaparición de aquellos horripilantes ídolos, ahora disfrazados con el ropaje cristiano, pero, para los fieles, con idéntica significación que los de entonces. La Iglesia sostiene que las imágenes actuales son meras representaciones de Cristo, de la Virgen o de los Santos. Pero la realidad en bien distinta. Ahí está el Santo Cristo de Burgos, que da nombre al pueblo de Cabra del Santo Cristo (Jaén). O el del creyente que acude los martes al Rescatado de los Padres de Gracia en Córdoba, para el que la imagen que tiene antes sus ojos no es ni mucho menos un cacho de palo tallado ni representación de nada, sino un ente con poder para otorgarle la gracia que le pidió. Dos ejemplos de entre los miles que podrían aducirse. Una clarísima superstición que, pese a lo que sostiene oficialmente, la Iglesia no sólo acepta, sino que induce a admitirla organizando magnos paseos públicos de tales ídolos ataviados con ropajes y ornamentos a cual más ostentoso y llamativo.