el cuaderno de Córdoba

Inmortalidad

De sobra sabemos todos, aunque hoy el tema de la muerte es casi un tabú, tanto nos esmeramos en ocultarla que ya ni siquiera la llamamos muerte, sino deceso,  de sobra sabemos que una situación semejante es imposible que se produzca, pero imaginemos por un momento que un un país cualquiera, el nuestro, por ejemplo, repentinamente, la última noche del año, por ejemplo, ahora que el año acaba de terminar, la muerte aparta su tenebrosa guadaña y la gente deja de morir. La vida prosigue como siempre, es decir, aunque últimamente haya decrecido mucho, continúan produciéndose nacimientos e, igualmente, se crece, se alcanza la vida adulta, se envejece, se enferma, hay quienes sufren accidentes y se asoman al borde del precipicio, por el que en otro momento habrían caído inexorablemente, muchos, en fin, aquejados por diversos males, entran en coma irreversible y así permanecen indefinidamente, sin terminar de cruzar la negra raya que los separaría para siempre de la vida, prácticamente muertos, pero vivos, sin necesidad de estar conectados a máquina alguna, puesto que no pueden morir. Pasan los días, las semanas, los meses, los años, y nadie, absolutamente nadie muere.
Bien, planteada la situación, ¿seremos capaces de imaginar el estado de nuestro país al cabo sólo de unas pocas semanas? Es posible que, en un primer momento, al percatarse de que la muerte ha dejado de existir, la gente, a título individual, no pudiera sentirse más contenta. Ahí es nada, evitarse el gran y nefasto trago que marca contundentemente la totalidad de la existencia humana. Sin embargo, mientras particularmente la gente en general muestra una sonrisa cada vez más ancha, un creciente y profundo caos se va extendiendo sin remedio por ciudades y pueblos, por todos los lugares donde conviva un grupo de habitantes.
Los primeros en reaccionar serían, sin duda, los empresarios de pompas fúnebres, más conmunmente denominadas funerarias. Su negocio (tremendo, ¿no?, hacer negocio hasta de la muerte) se iba al trasto por falta de materia prima o, dicho en fino, por la brusca y total desaparición de la demanda. ¿Cuánto tardarían  estos empresarios en exigirle al gobierno una solución inmediata? ¿Una semana, dos? Amenazarían con cerrar sus empresas, lo que supondría un aumento brutal del paro que afectaría no sólo a sus empleados, sino también a los fabricantes de ataudes, a las floristerías, a los periódicos, que dejarían de publicar las esquelas mortuorias... Hasta los sacerdotes que oficiaban los funerales se verían afectados.
Casi inmediatamente después de los funerarios reaccionarían los directivos y jefes de servicio de los hospitales, tanto públicos como privados. En efecto, como la gente sigue enfermando, muchos de ellos de gravedad, pero no se produce la acostumbrada renovación, el colapso está más que asegurado: enfermos y más enfermos, muchos de ellos en fase terminal, pero sin emitir el último suspiro, abarrotando las habitaciones, los pasillos, los almacenes... hasta los aseos. ¡Una solución! ¡Una solución ya! le exigirían igualmente al gobierno en vociferantes manifestaciones por las calles de las distintas ciudades.
¿Y qué dirían los directores e incluso el personal de las residencias de ancianos? La gente no muere, pero envejece, sigue envejeciendo y, por consiguiente, pierde facultades, adquiere variadas dolencias , muchas de ellas incapacitantes, de modo que, de una parte, el trabajo se acrecienta y, de otra, no cesan de llegar ancianos y más ancianos incapaces de valerse por sí mismos que las familias prácticamente abandonan a las puertas del establecimiento.
Porque esa sería otra: las familias. ¡Qué maravilloso que ya nadie muera!, exclamarían, sin duda, los primeros días, pero cuando el hijo o el marido o la esposa o el abuelo enferman y se ponen a las puertas de la muerte, pero sin acabar de morir, y es necesario un cuidado permanente cuyo fin se sabe que no llegará nunca, ¿cuánto tardarán en revolverse y empezar a maldecir a la maldita muerte que ha decidido desaparecer, ponerse en huelga, lo que sea, pero que ha dejado de realizar su trabajo?
Por el mismo camino irían las compañías de seguros, pues quién va a suscribir un seguro de decesos o un seguro de vida, si ya nadie muere, o qué planes de jubilación pueden ofrecerse a quien va a vivir una jubilación eterna? Y estamos hablando de las actividades de las que mayor tajada obtienen estas compañías.
Hasta la Iglesia temblaría. ¿Adónde iría su negocio si la gente pierde el temor a la muerte? En dos semanas los templos vacíos, curas y monjas abandonando sus hábitos, total para qué rezar y rezar si ya no hay más vida que esta. Sólo la jerarquía permanecería impertérrita en sus puestos, velando por las enormes riquezas que la organización atesora, desconcertados sus miembros, organizando entre ellos rogativas al Altísimo para que la muerte vuelva, rogativas en las que nunca creyeron, pero algo hay que hacer, antes de permanecer con los brazos cruzados.
Todo esto y más, con, por ejemplo, la solución que muchas familias encuentran para deshacerse del familiar en estado casi vegetativo, es lo que cuenta José Saramago, con su habitual humor ácido y elocuente, en su original novela Las intermitencias de la muerte, publicada en 2005, pero que yo acabo de descubrir ahora vía internet, donde puede encontrarse gratuitamente. 

Por los huevos

En el año del señor de 1779 vivía en Sevilla, en el número once de la calle Dados, hoy Puente y Pellón, María Dolores López, una señora ya entrada en años, de baja extracción social, a la que una enfermedad había dejado ciega.
Dolores, que había nacido en la calle Aguas, tenía un hermano sacerdote, capellán de la colegiata del Salvador y una hermana religiosa carmelita, y ella era una cristiana devota entregada a la oración, la penitencia y las buenas obras, por lo que entre la vecindad era conocida como la Beata Ciega.
A pesar de su incapacidad, la buena mujer, que vivía sola, se dedicaba a la costura, que practicaba muy bien, al tacto, especialmente  con las de color negro. En ciertas épocas esta actividad no le producía suficientes ingresos para atender a sus necesidades, por lo que, para complementarlas, Dolores puso en su propia casa un despacho de huevos. Y, mire usted por donde, este despacho tuvo tal éxito que la venta de huevos acabó convirtiéndose en la actividad principal de la señora.
La beata tenía los huevos almacenados en la trastienda, convenientemente agrupados por tamaños y cuando un cliente llegaba al despachito y le pedía una cantidad ella entraba en la trastienda y los cogía del almacén. En cierto ocasión tuvo la ocurrencia de gastarle una broma a una de sus parroquianas y cuando ésta le solicitó los huevos exclamó: "un momento, que voy a ponerlos", entró en el almacén y al poco salió con los huevos.
La broma le hizo tanta gracia a la clienta que Dolores la adoptó como norma y a todo el que llegaba pidiendo huevos le repetía: "un momento que voy a ponerlos", y al poco salía con ellos en la mano. ¡Ay Santa Casimira del Perpetuo Asombro, patrona de los recoveros y recoveras! Cómo se le ocurrió a la Beata Ciega gastar aquella broma! ¿No conocía el ambiente de la época? ¿No conocía la estupidez adobada de mala leche de sus convecinos y, más aún, de las autoridades religiosas de Sevilla? Tanto y tanto repitió la buena mujer su broma que la gente terminó creyendo que, en efecto, Dolores ponía los huevos que les servía a sus clientes.
Ahora bien, por grande que sea su habilidad, ¿puede la hembra del ser humano poner huevos? ¿Puede? ¡Naturalmente que no! Luego, si Dolores los ponía, y en esto ya nadie tenía duda, sólo podía hacerlo merced a la intervención del demonio, con quien, sin duda, la recovera había firmado un pacto. El asunto llegó a las siniestras dependencias de la Inquisición, que para ello la católica organización contaba con chivatos, "familiares" los llamaban, por toda la ciudad.
Bueno, mire usted, señor, no nos venga con monsergas, vale que el vulgo con sus habituales tragaderas, siempre dispuestas para engullir un chisme, cuanto más bilioso mejor, diera pábulo a semejante barbaridad, pero no pretenderá usted decir que los doctos teólogos de la Inquisición, rocosos dominicos en su mayoría, se la tragaron también.
¿Que si se la tragaron, pregunta usted? ¡Hasta el tuétano, señor mío! Si el sujeto en cuestión hubiera sido un hombre no digo yo que no hubieran puesto en duda la denuncia que les habían hecho llegar, pero tratándose de una mujer... ¡Vamos! Para los doctos varones, Dolores ponía los huevos, vaya si los ponía, y hasta incubaba los que a ella le parecía, de manera que, sin género alguno de error, se encontraban ante una bruja y una bruja de una peligrosidad incalculable. No cabía duda de que la terrible ciega tenía tratos carnales con el demonio, fruto de los cuales eran los huevos que ponía.
De manera que la noche del dieciséis de julio de 1779, noche extraordinariamente calurosa, un coche negro tirado por caballos del mismo color se detuvo ante la casa de Dolores y un par de sicarios, vestidos igualmente de negro, la sacaron de la cama y la condujeron a las mazmorras del castillo de la Inquisición, situado donde hoy se encuentra el mercado de Triana.
No me cuente usted más, la interrogaron y como la mujer era inocente la dejaron en libertad.
Qué poco sabe usted de la mecánica inquisitorial: cuando la Inquisición agarraba a alguien no lo soltaba fácilmente. Interrogaron a la buena mujer, sí, y como sus respuestas no les resultaron convincentes la sometieron a tortura.
Y ahora me dirá usted que la recovera puso un huevo y así se confirmó su delito.
Claro que no, pero acabó confesando que sí, que tenía un pacto con el demonio y que los ponía. Y con sólo esta confesión fue suficiente para que el veinticuatro de agosto, tras un simulacro de juicio en la iglesia de San Pablo, Dolores fue condenada a la hoguera. Sin embargo, como había confesado, no fue quemada viva, sino que previamente la estrangularon con garrote y lo que quemaron fue únicamente su cadáver. A la pobre mujer no la salvó ni la profesión religiosa de sus dos hermanos, si bien no hay constancia de que ninguno de los dos, especialmente el capellán, que tuvo que tener puntual conocimiento del caso, moviera un dedo en su favor.
Caramba, pobre mujer. ¡Y todo por una broma!
Pues miré usted, señor, todavía hay historiadores que relativizan y quitan importancia al papel de la Inquisición en la historia de nuestro país.

El fin de la Academia

Muchos son, sin duda, los que conocen la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, con el asesinato de la filósofa y matemática Hipatia, y cómo y por quienes  se llevó a cabo tan deleznable crimen, sobre todo después de la célebra película de Amenábar.
Prácticamente ignorada, sin embargo, incluso por la mayoría de los historiadores, que pasan por este hecho de puntillas, es la clausura de la Academia de Filosofía de Atenas, un atentado contra el saber clásico de importancia semejante al de la Biblioteca de Alejandría.
Con el cristianismo hizo su entrada en el mundo el fanatismo religioso que, en no mucho tiempo, habría de devenir también en fanatismo político. En efecto, a partir del año 312, en que, tras su triunfo en la batalla del Puente Milvio, Constantino procedió a la legalización de la religión cristiana, comenzó a restringirse rápida y seriamente la amplia libertad de la que en materia religiosa disfrutaban los ciudadanos romanos. Pero ya antes de esta fecha, hordas de monjes, verdaderas jaurías de hasta quinientos individuos, recorrían principalmente la zona oriental del imperio destruyendo los templos denominados paganos y asesinando a sus sacerdotes. Pues, frente a lo que han transmitido los padres de la Iglesia, así como la inmensa mayoría de los historiadores, el cristianismo no se impuso sobre las diversas y variadas religiones del Imperio gracias a la acción milagrosa del Espíritu Santo, ni a la capacidad dialéctica de sus protagonistas, ni a la heroicidad de los mártires, sino por la fuerza incontestable de la estaca y el cuchillo.
Salvo Juliano, llamado despectivamente el Apóstata, los sucesivos emperadores siguieron el camino abierto por Constantino, dictando leyes cada vez más favorables a los cristianos y más severas para las religiones paganas, hasta que en el año 380 Teodosio I (379-395) proclamó al cristianismo religión oficial del Imperio, prohibiendo al mismo tiempo todas las demás. Tras este edicto, que había sido impulsado fervorosamente por los obispos y los padres de la Iglesia, una orgía de destrucción de todo lo pagano se extendió por todo el territorio del Imperio, con el firme propósito de que no quedara de él ni siquiera el recuerdo. Así, se arrasaron masivamente los templos, se mutilaron las imágenes para demostrar que no eran más que esfinges de piedra, se asesinaron a los sacerdotes y se quemaron en las plazas públicas los libros, tanto religiosos como, aprovechando la coyuntura, los filosóficos y científicos. Nadie podía ya practicar la religión de sus antepasados y los ciudadanos quedaban obligados, bajo gravísimas penas, a denunciar a todo aquel que la practicara. De manera oficial la Inquisición se fundó ochocientos años más tarde, en el año 1184, pero la actitud inquisitorial del cristianismo se encontraba bien asentada ya en esta primera y lejana época. Lo más gracioso del asunto es que a su muerte el emperador Teodosio fue divinizado, sin que ni uno solo de los intelectuales cristianos emitiera la más mínima queja.
La Academia ateniense había sido fundada por Platón casi setecientos años antes de la emisión de este edicto, concretamente, en el año 307 antes de nuestra Era. Se trataba de una escuela de filosofía, de la cual es la cuna, pero en ella se profesaban también las matemáticas, la retórica, la astronomía y las ciencias naturales. Recibió el nombre de Academia por haberla erigido Platón en un olivar sagrado dedicado a la diosa Atenea, propiedad de un tal Academos, situado a las afueras de Atenas.
Famosa en todo el mundo conocido, en ella estudiaron, entre otros muchos, alumnos tan relevantes como ANAXÁGORAS (500-482 aC.), quien dio una explicación racional de los eclipses y de la respiración de los peces; ERATÓSTENES DE CIRENE (276-194 aC.), quien calculó por primeravez la circunferencia de la tierra, con asombrosa precisión, dados los medios con los que contaba; ARISTÓTELES, filósofo y naturalista, del que resulta superfluo resaltar sus aportaciones; HERÁCLITES PÓNTICO, atrónomo y matemático; el emperador JULIANO; así como futuros padres de la Iglesia como BASILIO DE CESAREA, GREGORIO NACIANCENO O CIRILO DE ALEJANDRÍA. El último filósofo y director de la Academia fue DAMASCIO (458-550).
Aunque la religión no tenía cabida en ella, desde el edicto de Teodosio I la Academia venía siendo cada vez más hostigada por los cristianos, para quienes toda enseñanza que no fuera la de la Biblia debía ser condenada y abolida. La presión ejercida al mismo tiempo sobre los emperadores alcanzó al fin su propósito en el año 529, cuando Justiniano I ordenó la clausura de la venerable Institución, que ya contaba con casi mil años de existencia. Este deleznable hecho, que acompañó a la destrucción de cuanto texto consiguieron localizar los cristianos, sumió a Europa en una penumbra intelectual de la que no empezó a salir hasta que musulmanes de Córdoba, con Averroes (1126-1198) a la cabeza recuperaran principalmente a Aristóteles, cuyas obras se habían conservado en el mundo oriental.
Damascio y seis de sus compañeros profesores permanecieron en Atenas dando clases casi clandestinamente a quienes se las pedían, pero ni ahí se detuvo el hostigamiento cristiano y en el año 532, el filósofo, ya con setenta años de edad, y sus compañeros se vieron obligados a abandonar Atenas y a emprender el camino del exilio hacia la corte del persa Cosroes, donde encontraron refugio. 
Pero corrían malos tiempos para la filosofía y en general para el conocimiento y, mucho antes de lo que hubiera esperado, Damascio tuvo que huir de nuevo, en esta ocasión a Alejandría, donde, gracias a su cosmopolitismo, podría pasar desapercibido y donde finalmente lo alcanzaría aquella que no conoce el perdón.

Ana Comneno

Hasta no hace mucho, la de las Cruzadas es una historia que por torpeza o interés los historiadores nos han contado pintando un cuadro en el que un ejército más o menos disciplinado,pero ejército, avanza firme hacia la conquista de Jerusalén.
La realidad es un poquito distinta, especialmente en la primera cruzada, fechada en 1096, porque antes que de un ejército propiamente dicho se trató de una verdadera horda, en la que había soldados, desde luego, pero mucho más un conglomerado variopinto de hombres y de mujeres de todos los estamentos, incluidos pobres de pedir y prostitutas.
Dejando a un lado a los historiadores, he aquí un trozo de una crónica de la primera cruzada, escrita por un testigo directo de la misma, que corrobora lo que decimos: 
"Se produjo entonces un gran movimiento de hombres y de mujeres a la vez como no se recuerda haber visto jamás nada parecido: las gentes más sencillas acudían realmente empujadas por el deseo de venerar el sepulcro del Señor y visitar los Santos Lugares... Los soldados celtas iban acompañados por una multitud de gente sin armas, más numerosos que los granos de arena y que las estrellas, portando palmas y cruces sobre los hombros. Viéndolos se diría que eran ríos confluyendo de todas partes."
La crónica está escrita en Bizancio, capital del todavía imperio romano de Oriente y es francamente suave en su descripción. Llama "ríos de gente" a la avalancha humana que llegaba hasta la muralla de la ciudad, sin referirse a su aspecto, pero hay que tener en cuenta que aquellas multitudes habían hecho un recorrido de unos cuatro mil kilómetros salvando toda clase de obstáculos geográficos y sufriendo numerosas penalidades durante los largos meses que duró la marcha, pues se habían puesto en camino a principios de 1096 y los primeros en llegar a la antigua Constantinopla lo hicieron el 23 de diciembre de dicho año.
No obstante, más adelante, la crónica muestra un claro desprecio hacia los que llegaban, a los que trata de gente bárbara e incivilizada. Sólo en una ocasión se permite declarar su admiración por uno de los componentes de la expedición: Bohemundo de Tarento, un apuesto normando, con toda la energía y el entusiasmo de los de su casa. La crónica dice de él lo que sigue: "Jamás se había visto antes en la tierra de los bizantinos un hombre como este, ni bárbaro ni griego, pues su vista engendraba admiración y su fama terror... Era tan alto que casi sobrepasaba en un codo a los más altos; era delgado y enjuto, de hombros anchos, el pecho amplio y fuertes brazos. Su figura en conjunto no era ni demacrada ni corpulenta, sino, para decirlo de algún modo, conforme a los cánones de Policleto; tenía fuertes manos y estaba firmemente plantado sobre sus pies, el cuello grueso, las espaldas anchas y robustas."
Una descripción tan minuciosa de un hombre, en la que, además de admiración, se deja ver cierta pasión apenas contenida, sólo podía ser realizada en aquella época por una mujer. 
Y en efecto, una mujer es la autora, Ana Comneno, hija del emperador bizantino Alex Conmeno y de Irene Dukas, primera cronista de las Cruzadas, aunque, por ser mujer, son escasísimas las referencias que de ella se hacen. Ana (1083-1153) era una  mujer extraordinariamente culta. Había estudiado medicina y matemáticas; había leído a Homero y a Demóstenetes; conocía bastante bien la filosofía de Aristóteles y de Platón, cuando en Occidente ni siquiera habían oído por aquel entonces tales nombres.
Escribió una especie de tratado o historia de la corte bizantina durante la primera cruzada, la Alexiada, con la figura de su padre como principal protagonista. Con un estilo refinado y a menudo exquisito, Ana va describiendo la vida y las costumbres bizantinas; hace igualmente un retrato de las mujeres de la corte, demorándose sobre todo en Irene Dukas a la que, más allá de la veneración filial, alaba por su dulzura, su prudencia, su piedad y su capacidad de servicio.
Y no, no tuvo, ningún rollo, como se diría hoy, con el tal Bohemundo de Tarento.

Cuernos

Se cuenta, pero Alá es el más sabio, que Sawda, la segunda mujer de Mahoma, le reprochaba al profeta musulmán lo oportunamente para sus intereses que Alá le dictaba una nueva sura, pues cada vez que el profeta creía necesario volver a casarse allá que aparecía con un nuevo recado divino que ensalzaba las virtudes de un matrimonio como el que él pretendía.
No son pocos los hombres, pues les ocurre más a los hombres que a las mujeres, que le dan un giro completo a su vida no por una decisión convenientemente meditada, sino empujados por las circunstancias y, por tanto, en función de sus intereses o del palo más o menos grande con que lo ha obsequiado la vida.
Uno de los hombres que más brusca y radicalmente sufrió tal metamorfosis fue Oseas, considerado el primero de los profetas bíblicos llamados menores. Como todo varón judío de la época Oseas recibió una rígida educación basada en el cumplimiento de ley rabínica y en los mandatos de los profetas. Pero él era un joven alegre, animoso, decidido y emprendedor. En aquel tiempo y hasta por lo menos la diáspora, ningún varón judío podía permanecer soltero, así es que cuando llegó a la edad conveniente Oseas contrajo matrimonio con Gomer, hermosa muchacha a la que compró por quince monedas de plata y carga y media de cebada, pues por entonces y aunque alguna hubiera llegado a juez, que era el cargo más alto al que podía aspirar un israelita, la mujer tenía la misma consideración que una cabeza de ganado.
"Huerta mejor regada/da la mejor manzana", afirma el Arcipreste de Hita en su famoso "Libro de buen amor". Pero se ve que por lo que fuere Oseas no usaba lo suficiente la manguera, bien por incapacidad, bien por simple dejadez y el huerto estuvo demasiado tiempo sin recibir el benéfico riego, tanto que al final decidió buscarse otro hortelano, dotando de este modo a Oseas de dos espléndidas protuberancias óseas en su despejada frente.
Y justo entonces es cuando la vida del buen hombre da una pirueta tan radical que no es que cause asombro, causa verdadera estupefacción. De repente, lo mismo que a Mahoma Alá con sus suras, a Oseas empezó a visitarlo Jahvé y a dictarle largas parrafadas conminatorias que el cornudo debía transmitir al pueblo de Israel.
Si sus compatriotas hubieran tenido un poco de energía y hubieran sido un poco menos crédulos, habrían mandado a Oseas a hacer puñetas en cuando abrió la boca por primera vez, pues todo el mundo sabía lo que le había ocurrido. "Vaya, hombre", se atrevieron a decir algunos, "no ha sido capaz de retener a su mujer y ahora viene el tío a darnos la vara." Pero pudo más la presión del ambiente y de aquel comentario no pasaron.
Y es que la admoniciones de Oseas tenían tela. "Ysrael ha cometido numerosos crímenes", berreaba quien hasta hacía poco había sido un tipo de lo más pacífico y hasta, si me apuran, algo tímido, "la corrupción campa por doquier, ya no hay fidelidad ni amor... adulterio y violencia, sangre y más sangre, eso es lo que existe hoy."
Y por este camino sigue el nota pronosticando los peores desastres para su propio pueblo. Otro en su caso habría cogido una espada y habría corrido a ensartar a la adúltera y a su amante y luego habría seguido cuidando sus cabras como si no hubiera pasado nada. Nadie se lo habría reprochado, sino más bien al contrario. ¿Pero quién con toda la sabiduría del mundo puede atreverse a juzgar los designios de Dios?
Sin embargo, tengo para mí que a esos tipos que en la actualidad vuelcan su odio contra las mujeres no es que Dios hable por su boca, sino que les ha debido de ocurrir exactamente lo mismo que a Oseas.

El Gran Gregorio

En 1073, tras la muerte de Nicolás II, es elegido papa el prestigioso monje cluniacense Hildebrando Aldobrandeschi, que tomó el nombre de Gregorio VII. Sus hagiógrafos, es decir, la mayoría de los historiadores, lo ponen por las nubes y, aunque no fue santo súbito, el papa Paulo V lo elevó a los altares en 1606.
Teniendo en cuenta que, al menos desde el siglo II, la Iglesia había luchado sobre todo por conquistar el poder e imponer su dominio sobre toda la sociedad, es evidente que Gregorio fue un gran tipo, pues con él la Iglesia avanzó prodigiosamente hacia la cumbre de tal poder. El argumento que la Iglesia empleaba para justificar sus aspiraciones era que como su poder se ejercía sobre el alma, inmortal, en tanto el de los reyes, condes y, en general, gobernantes de este mundo, se ejercía sobre el cuerpo, perecedero, el poder temporal tenía que estar sometido al espiritual, de modo que todos los jerarcas de la tierra le debían al papa no sólo sus cargos, sino también sus tierras, o lo que venía a ser lo mismo: los reinos todos eran de la Iglesia, que se los entregaba a reyes y condes en calidad de administradores. El argumento es más bien imbécil, ¿no es cierto?, pero en aquella época colaba y colaba hasta el fondo.
He aquí, para comprobarlo, extractos de alguna de las cartas que Gregorio escribió a los distintos territorio europeos:
A los reinos y condados de España:
"No ignoráis que desde los tiempos más remotos esos reinos son propiedad de San Pedro y que pertenecen todavía a la Santa Sede y a nadie más, aunque por el momento estén en manos ajenas. Porque lo que una vez ha entrado en posesión de la Iglesia nunca deja de pertenecerle." 
(Parece obvio que los actuales obispos españoles no conocían el contenido de esta carta, en caso contrario no hubieran limitado a 30.000 los bienes inmatriculados.)
Al rey de Francia:
"Como sabréis por vuestros predecesores vuestro reino es propiedad de la santa Iglesia Romana desde que el rey Esteban devolvió todos los derechos y todo el poder de su Iglesia a San Pedro"
La misiva es más o menos sutil o descortés según el reino al que se dirige. Así, al rey de Dinamarca, para que le limpie el norte de Italia:
"Hay cerca de nosotros una provincia muy rica ocupada por herejes. Desearíamos que uno de vuestros hijos la ocupara y fuera su príncipe, si es que como, nos ha comunicado un obispo de vuestro país, consentís en enviarlo con algunas tropas y ponerlas al servicio de esta corte."
Y al duque de Cagliari:
"Debes saber que muchos nos piden tu país prometiéndonos grandes ventajas si se lo dejamos invadir... pero no nos hemos decidido hasta conocer tu resolución por nuestro legado. Si persistes en la intención que has manifestado de ser fiel a la Santa Sede, lejos de permitir que seas atacado, te defenderemos con las armas espirituales y seculares de toda agresión."
Todas estas cartas obtuvieron un resultado favorable.
Exigía que reyes y príncipes le besaran los pies en señal de respeto. promulgó el famoso Dictatus Papae, un decreto de cien puntos que recogían la ambición pontificia de lograr una hierocracia con él a la cabeza. Con este ideario excomulgó al emperador Enrique IV, retirándole la fidelidad de sus súbditos, y cuando este acudió a solicitar su perdón lo tuvo tres días en pleno invierno a las puertas del castillo de Canossa.
Con una radicalidad impropia no ya de un cristiano, sino sencillamente de un ser humano, se revolvió contra el nicolaísmo o matrimonio de los clérigos, principalmente, porque no podía tolerar el reconocimiento de los hijos y la transmisión a través de la herencia de lo que consideraba bienes intocables de la Iglesia. Exigió a obispos y sacerdotes el abandono inmediato de sus esposas e hijos, autorizando a los fieles a matarlos, si no atendían a su exigencia. Llegó a afirmar que "matar a determinados clérigos no es un crimen, pero sí lo es el que estos amen a sus esposas." Tal actitud produjo el asesinato de gran cantidad de sacerdotes y, peor aún, el abandono a suerte de sus hijos y sus mujeres, muchas de las cuales se suicidaron y la mayoría acabaron alistándose en el númeroso ejército de prostitutas que por entonces llenaban las calles de Europa y especialmente las de Roma.
Mientras actuaba con esta dureza en favor del celibato absoluto, el gran Gregorio recibía los favores carnales de la condesa Matilda de Canossa, esposa de Godofredo III el Jorobado, cosa que con absoluta desvergüenza, la mayoría de los historiadores callan.
Naturalmente, semejante política acabó produciendo rebeliones. Enrique IV invadió Italia y se apoderó de Roma. Gregorio se refugió en el castillo de Sant'Angelo y desde allí consiguió que un ejército de normandos, musulmanes sicilianos y mercenarios calabreses obligaran a Enrique a retirarse y lo liberaran. Pero los liberadores saquearon Roma, mataron una gran cantidad de hombres y violaron a sus mujeres.
Al fin, cansados los romanos que lo habían elegido, lo repudiaron. Gregorio huyó a Salerno, donde falleció el 25-5-1085. Sus últimas palabras fueron: "Amé la justicia y aborrecí la iniquidad", palabras que sus hagiógrafos alaban con embeleso, pero que en realidad prueban su absoluta falta de conciencia del daño que, en beneficio de la institución, había provocado a una enorme cantidad de personas.


Fuentes: Historia de la Iglesia. Llorca, Villoslada y Montalbán.
               Historia de los papas. Frederick L. Beynon
               Historia de los papas.- Juan José Laboa
               Los pecados de la Iglesia. Juan G. Atienza
               Los papas y el sexo. Eric Frattini

Lectura

En Estambul, un precioso libro de memorias dedicado a su ciudad natal, cuenta Orhan Pamuk cómo cuando aprendió a leer iba por la calle leyendo los rótulos de todas las tiendas que le salían al paso. 
Sin ánimo alguno de compararme con el gran novelista turco, premio nobel de literatura, yo, parodiando a Cervantes, que siempre me afano y me desvelo en parecer que tengo de escritor la gracia que no quiso darme el cielo, no pude evitar una sonrisa pues me pasaba exactamente lo mismo que a él: no podía apartar los ojos de los rótulos de las tiendas y me los leía absolutamente todos.
Yo soy un lector empedernido. He leido todo lo que ha caído en mis manos, aunque, ciertamente, me hubiera gustado poder hacerlo de un modo más sistématico, cosa que sólo he logrado en no demasiado largas temporadas de mi vida. ¿Pero qué es lo que hace nacer en un individuo la afición a la lectura?
Se afirma que los niños que viven en casas donde abundan los libros y en las que los padres son siquiera ocasionales lectores, acaban aficionándose a leer. Desde luego, no es mi caso. Yo aprendí a leer  bastante antes de ir al colegio. Con cuatro años ya leía el periódico con bastante soltura, no me enteraba de nada, pero lo leía. Me enseñó mi padre, una de las pocas cosas verdaderamente buenas que puedo agradecerle. 
Ahora bien, en mi casa no había más libros que los cuatro evangelios y los hechos de los apóstoles, en una rara edición en que cada uno aparecía en un tomo diferente, y dos novelas que no sé cómo llegaron allí, El hijo de Tarzán y De la tierra a la luna, dos libros que me leí tropecientas docenas de veces. Pero además, se daba una situación tan curiosa como, para mí, enojosa: mi padre leía novelas, pero novelas del oeste, de aquellas de Marcial Lafuente Estefanía, Silver Cane y compañía, pero sólo lo hacía por la noche, se acostaba, encendía un cigarrillo y leía mientras se lo fumaba. Por circunstancias que algún día contaré, mi madre que, como ya he dicho más de una vez, era analfabeta, odiaba aquellas novelas y por extensión todo libro que no fuera de texto. Qué estudiáramos, sí, por encima de todo, pero que leyéramos de ninguna de las maneras.
Tan dura era la posición de mi madre que ni tebeos me estaba permitido leer y en mi casa no entró jamás ninguno. Naturalmente, yo, que aunque no sepa de donde me venía, tenía ya una afición desmedida a la lectura, le buscaba las vueltas a mi madre y con el dinerillo que cogía, poco, siempre muy poco, me iba a los locales, que entonces existían, en los que te alquilaban los tebeos para que los leyeras allí mismo y me leía los de El Cachorro, El capitán Trueno, Pulgarcito, TBO, etc. Muchas novelas del oeste leí también por aquel entonces: me hice de una linterna, se las cogía a mi padre y en la cama, de noche, me tapaba por completo y me ponía a leer hasta que notaba que el sueño me vencía. 
A los diez años, más o menos, estando en los Salesianos, tuve un amigo que tenía en su casa un baúl lleno de tebeos. ¡Santa Brígida de los ojos como platos! Qué envidia, qué enorme envidia me produjo aquel chaval. Por suerte para mí, era una buena persona y me invitó a ir por su casa cada vez que quisiera y a leer cuanto tebeo me viniera en gana. Así que hubo un tiempo en que yo lo visité con toda la frecuencia que me fue posible. Ni mucho menos todo lo que a mí me hubiera gustado, pues mi madre, una mujer extraordinariamente temerosa, me tenía prohibido igualmente tener amigos, porque, según ella, corría el peligro de que me maleasen. Pobrecita mía, si hubiera sabido en la clase de golfo que yo me estaba convirtiendo por entonces...
Cuando te agarra, la afición a la lectura es tan adictiva como el tabaco, el alcohol o cualquiera de las drogas prohibidas, de modo que un día, hacia los trece años, yo me armé de valor y en un local que había en la plaza de la Almagra, al lado del bar Azul, en que vendían y cambiaban principalmente novelas del oeste y policiacas, me compré un par de novelitas de la enciclopedia pulga y me presenté con ellas mi casa. 
¡Qué hermosísima bronca tuve aquel día con mi madre! La buena mujer, desde luego con la mejor de las intenciones, pretendía que volviera al puesto y las devolviera, pero yo me negué, me negué hasta el punto de decirle que si alguien las devolvía sería ella, pero que para quitármelas tendría que matarme.
Al ver mi determinación mi madre se vino abajo, de modo que las novelitas se quedaron en mi casa y yo me las leí con el doble placer de la lectura y de, por primera vez, haber doblegado la voluntad de mi madre. Se trataba de Miguel Strogof, de Julio Verne, y de Rob Roy, de Walter Scot, dos novelas con las que, aunque en una edición insignificante, me lo pasé pipa.
A partir de aquel momento, ya no tuve más problemas para leer lo que me vino en gana, salvo el de agenciarme nuevos libros. Logré adquirir algunos ejemplares más de la misma colección pulga, pero mis medios económicos eran escasísimos y durante bastante tiempo tuve que conformarme con leer los mismos títulos una y otra vez, hasta que conseguía comprar uno nuevo. Y el caso es que tenía la Biblioteca Provincial a un paso de mi casa, en la calle Capitulares, pero yo no lo sabía. La descubrí allá por los dieciséis años y desde entonces los libros que he leído más de una vez ya no ha sido por necesidad, sino porque a mí me ha apetecido.