Ana Comneno

Hasta no hace mucho, la de las Cruzadas es una historia que por torpeza o interés los historiadores nos han contado pintando un cuadro en el que un ejército más o menos disciplinado,pero ejército, avanza firme hacia la conquista de Jerusalén.
La realidad es un poquito distinta, especialmente en la primera cruzada, fechada en 1096, porque antes que de un ejército propiamente dicho se trató de una verdadera horda, en la que había soldados, desde luego, pero mucho más un conglomerado variopinto de hombres y de mujeres de todos los estamentos, incluidos pobres de pedir y prostitutas.
Dejando a un lado a los historiadores, he aquí un trozo de una crónica de la primera cruzada, escrita por un testigo directo de la misma, que corrobora lo que decimos: 
"Se produjo entonces un gran movimiento de hombres y de mujeres a la vez como no se recuerda haber visto jamás nada parecido: las gentes más sencillas acudían realmente empujadas por el deseo de venerar el sepulcro del Señor y visitar los Santos Lugares... Los soldados celtas iban acompañados por una multitud de gente sin armas, más numerosos que los granos de arena y que las estrellas, portando palmas y cruces sobre los hombros. Viéndolos se diría que eran ríos confluyendo de todas partes."
La crónica está escrita en Bizancio, capital del todavía imperio romano de Oriente y es francamente suave en su descripción. Llama "ríos de gente" a la avalancha humana que llegaba hasta la muralla de la ciudad, sin referirse a su aspecto, pero hay que tener en cuenta que aquellas multitudes habían hecho un recorrido de unos cuatro mil kilómetros salvando toda clase de obstáculos geográficos y sufriendo numerosas penalidades durante los largos meses que duró la marcha, pues se habían puesto en camino a principios de 1096 y los primeros en llegar a la antigua Constantinopla lo hicieron el 23 de diciembre de dicho año.
No obstante, más adelante, la crónica muestra un claro desprecio hacia los que llegaban, a los que trata de gente bárbara e incivilizada. Sólo en una ocasión se permite declarar su admiración por uno de los componentes de la expedición: Bohemundo de Tarento, un apuesto normando, con toda la energía y el entusiasmo de los de su casa. La crónica dice de él lo que sigue: "Jamás se había visto antes en la tierra de los bizantinos un hombre como este, ni bárbaro ni griego, pues su vista engendraba admiración y su fama terror... Era tan alto que casi sobrepasaba en un codo a los más altos; era delgado y enjuto, de hombros anchos, el pecho amplio y fuertes brazos. Su figura en conjunto no era ni demacrada ni corpulenta, sino, para decirlo de algún modo, conforme a los cánones de Policleto; tenía fuertes manos y estaba firmemente plantado sobre sus pies, el cuello grueso, las espaldas anchas y robustas."
Una descripción tan minuciosa de un hombre, en la que, además de admiración, se deja ver cierta pasión apenas contenida, sólo podía ser realizada en aquella época por una mujer. 
Y en efecto, una mujer es la autora, Ana Comneno, hija del emperador bizantino Alex Conmeno y de Irene Dukas, primera cronista de las Cruzadas, aunque, por ser mujer, son escasísimas las referencias que de ella se hacen. Ana (1083-1153) era una  mujer extraordinariamente culta. Había estudiado medicina y matemáticas; había leído a Homero y a Demóstenetes; conocía bastante bien la filosofía de Aristóteles y de Platón, cuando en Occidente ni siquiera habían oído por aquel entonces tales nombres.
Escribió una especie de tratado o historia de la corte bizantina durante la primera cruzada, la Alexiada, con la figura de su padre como principal protagonista. Con un estilo refinado y a menudo exquisito, Ana va describiendo la vida y las costumbres bizantinas; hace igualmente un retrato de las mujeres de la corte, demorándose sobre todo en Irene Dukas a la que, más allá de la veneración filial, alaba por su dulzura, su prudencia, su piedad y su capacidad de servicio.
Y no, no tuvo, ningún rollo, como se diría hoy, con el tal Bohemundo de Tarento.

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